La experiencia de una educación
Este fue mi primer relato publicado para una revista sobre discapacidad hace 18 años
Soy una chica de 19 años y, como tal, mi vida ha pasado por diversas etapas educativas. En cada una de estas etapas nos hemos tenido que enfrentar, tanto mi familia como yo, a las dos caras de la moneda, debido al supuesto “inconveniente” que suponía mi discapacidad para llevar a cabo mi proceso formativo. En varias ocasiones miembros del propio profesorado han infravalorado mis capacidades de aprendizaje, por el simple hecho de padecer una discapacidad, lo cual a mí me ha servido en la mayoría de los casos para acrecentar mi afán de superación, para demostrarles a estas personas que estaban en un error y que se dieran cuenta que, a pesar de mi patología, yo puedo desempeñar mi vida académica con total normalidad.
Afortunadamente para mí no siempre ha tenido que ser así. Otras veces no he tenido por qué preocuparme, gracias al apoyo y comprensión de compañeros y profesores.
En la actualidad curso segundo de bachillerato, con las adaptaciones curriculares de forma, tal y como me ampara la ley.
Por otro lado, quiero destacar que han sido las buenas compañeras de los centros escolares donde he estudiado las que, en muchas ocasiones, sobre todo cuando me he sentido rechazada por otros compañeros, me han servido de gran respaldo y lo he podido agradecer día a día. Y por supuesto mi madre, la principal luchadora que va abriendo camino día a día y dándome fuerzas para superar todos los obstáculos que se cruzan en mi camino.
Mi meta, es estudiar la diplomatura presencial de Trabajo Social, pero antes tendré que pasar la selectividad, y eso me preocupa algo más, porque tendremos que luchar por conseguir una adaptación curricular para dicha prueba. Confiaré en la ley de educación…
Nota de autora sobre el relato la experiencia de una educación
Hay textos que, cuando los vuelves a leer muchos años después, dejan de ser solamente textos.
Se convierten en una fotografía de la persona que eras cuando los escribiste.
Este fue uno de mis primeros textos publicados. Lo escribí cuando tenía diecinueve años y todavía estaba estudiando segundo de Bachillerato. En aquel momento mi preocupación era muy concreta: quería continuar estudiando, quería acceder a la universidad y quería que mi discapacidad no se convirtiera en un límite impuesto por los demás.
Al volver a leerlo hoy, descubro a una chica que todavía estaba aprendiendo a defender su lugar. Una chica que había tenido que encontrarse con las dos caras de la educación: profesores y compañeros que habían sabido ver sus capacidades y otros que, simplemente por tener una discapacidad, habían dudado de ellas.
Quizá por eso aparece tantas veces en el texto la necesidad de demostrar.
Demostrar que podía aprender.
Demostrar que podía estudiar.
Demostrar que una discapacidad no determinaba hasta dónde podía llegar.
También aparece mi familia, y especialmente mi madre, a quien entonces describía como «la principal luchadora que va abriendo camino día a día». Leer hoy esas palabras me hace recordar cuánto significaba para mí sentir que no estaba sola frente a los obstáculos.
Y aparecen también aquellas compañeras que estuvieron a mi lado cuando me sentí rechazada. Porque la inclusión no siempre llega de las grandes decisiones. A veces empieza con algo mucho más sencillo: encontrar a alguien que decide quedarse a tu lado.
Lo que más me llama la atención al releerlo es mi forma de mirar hacia el futuro.
Tenía diecinueve años y ya estaba haciendo planes. Quería estudiar Trabajo Social, quería acceder a la universidad y estaba dispuesta a seguir luchando por conseguir las adaptaciones que necesitaba.
No sabía entonces todo lo que vendría después.
No sabía qué caminos terminaría recorriendo ni qué sueños cambiarían de forma.
Pero sí sabía algo que todavía reconozco en mí:
no quería que fueran otros quienes decidieran de lo que era capaz.
Por eso este texto tiene para mí un valor especial. No es solamente el relato de las dificultades que encontré durante mi etapa educativa. Es también el testimonio de una joven que estaba empezando a descubrir su propia voz.
Hoy puedo leer aquellas palabras desde otra parte de mi vida.
Ya no soy aquella chica de diecinueve años.
Pero cuando vuelvo a encontrarme con ella en estas líneas, no siento que haya desaparecido.
La reconozco.
Y quizá una de las cosas más bonitas de escribir sea precisamente esa: poder encontrarte, muchos años después, con la persona que fuiste y descubrir que algunas de las cosas que defendías entonces siguen formando parte de quien eres ahora.

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