La niña que escribía cuentos se ha hecho mayor, pero no ha dejado de escribir

    



Cada 23 de abril las redes se llenan de recomendaciones literarias, listas de libros imprescindibles, frases de autores famosos y personas compartiendo las historias que marcaron sus vidas. Y me parece algo precioso, porque los libros tienen una capacidad muy especial de acompañarnos en momentos concretos, hacernos sentir comprendidas y, muchas veces, cambiar nuestra manera de mirar el mundo.

Pero este año quería vivir el Día del Libro desde un lugar mucho más personal. Quería hablar de lo que hay detrás de los libros: las palabras. Y de lo que significa para mí escribir.

Durante mucho tiempo me costó llamarme escritora. Sentía que era una palabra demasiado grande para mí. Pensaba que para poder nombrarme así necesitaba haber publicado una novela, vivir de ello o tener algún reconocimiento que validara ese lugar. Como si la pasión por escribir necesitara permiso externo para ser legítima y como si solo merecieran ese nombre quienes habían llegado a una meta visible para los demás.

Y eso era curioso, porque escribir ha estado presente en mi vida desde que era muy pequeña. Con siete u ocho años ya inventaba cuentos e historias. Mi imaginación siempre encontraba refugio en las palabras y muchas veces viajaba a través de personajes, escenarios y relatos que creaba desde cero. Escribir era una forma de jugar, de explorar y de dar vida a todo lo que existía dentro de mi cabeza.

Con los años esa necesidad de escribir nunca desapareció, simplemente fue transformándose conmigo.

Durante mucho tiempo me limité sola por creer que aquello no era suficiente. Escribía, sí, pero casi en voz baja. Como si aquello que hacía no fuera suficientemente importante. Como si mis palabras solo fueran válidas si algún día terminaban convertidas en algo “grande”.

Con el tiempo entendí algo que me cambió profundamente: escribir también habita en los lugares pequeños. En los textos que nadie ve, en las notas rápidas escritas para no olvidar una idea, en los borradores inacabados, en los blogs que construyes desde cero y en los textos que publicas sin saber si alguien los leerá completos. A veces escribimos simplemente porque no hacerlo sería guardar demasiado dentro.

Y ahí empecé a reconocerme.

Porque escribir, para mí, nunca ha sido únicamente comunicar, producir contenido o construir frases bonitas. Muchas veces ha sido mi forma de sostenerme. Mi manera de entender lo que siento cuando ni siquiera sé explicarlo hablando. Mi refugio en momentos donde todo dentro de mí era ruido.

He escrito desde la ilusión, desde el dolor, desde la rabia, desde la incertidumbre y desde versiones de mí que hoy ya no existen. Y en cada etapa, las palabras han estado ahí, guardando partes de mí que quizá habría olvidado si no las hubiera escrito.

Por eso respeto profundamente el poder que tienen. Porque una palabra puede destruir, pero también puede reconstruir. Un libro puede hacerte sentir menos sola, un poema puede describir exactamente aquello que nunca supiste verbalizar y un texto puede abrir conversaciones que necesitaban existir.

Por eso también creo tanto en una comunicación más humana, más consciente y más honesta. Una comunicación que emocione, que haga reflexionar y que deje algo real en quien la recibe.

Y aunque a veces sigo dudando de mis textos o me pregunto si realmente llegarán a alguien, hace tiempo entendí que no escribo buscando perfección. Escribo buscando verdad. Y si alguna vez alguien ha leído algo mío y se ha sentido acompañado, entendido o removido por dentro, entonces ya valió la pena.

Además, este Día del Libro llega en un momento especialmente simbólico para mí porque dentro de poco se cumplirá un año desde que decidí apostar de verdad por esta parte de mí. A principios de junio de 2025 decidí explorar nuevos caminos, escribir relatos y permitirme salir de los registros donde ya había construido una trayectoria como emprendedora social.

Necesitaba demostrarme que no tenía por qué limitarme a una sola versión de mí misma.

Gracias a atreverme a explorar nuevos registros también hice algo completamente nuevo para mí: presentarme a concursos literarios. Lo hice sin demasiadas expectativas, simplemente por probarme. Y para mi sorpresa llegaron resultados muy bonitos que me hicieron sentir profundamente orgullosa y me demostraron que quizá sí había espacio para mí también en ese mundo.

No descarto volver a intentarlo porque ahora sé que muchas veces las oportunidades aparecen precisamente cuando decides dejar de frenarte sola.

Y por eso hoy también quiero decir algo a todas esas personas que sienten pasión por escribir, pero siguen tratándolo como un sueño lejano o secundario: si de verdad te mueve por dentro, no lo reduzcas a una frase bonita sobre cuánto te gusta hacerlo. Impúlsalo. Practícalo. Fórmate. Comparte lo que haces. Preséntate a oportunidades aunque tengas miedo.

Nunca sabes en qué momento puede aparecer esa oportunidad que cambie tu vida y te acerque a aquello que realmente amas.

Hoy, en el Día del Libro, no celebro un libro publicado. Todavía.

Celebro cada borrador, cada idea anotada deprisa para no olvidarla, cada texto compartido en mi blog y cada palabra que me ha ayudado a entender quién soy.

Porque, sin darme cuenta, mientras escribía para compartir con otras personas, también me estaba escribiendo a mí misma.

Y quizá ese sea el proyecto más importante que tendré nunca: seguir escribiendo, día a día, la historia más valiosa que tengo: mi propia vida. ❤️📖✨


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